Análisis semanal 170: Limpieza étnica en el Sudeste Asiático: los Rohingya en Myanmar (23 de octubre de 2017)

Año: 
2017

 

La situación de persecución sistemática, represión y supresión de los derechos del llamado pueblo Rohingya en Myanmar posee ya una larga data, incluso podría decirse que este conflicto se origina por la forma irresponsable que el Reino Unido liquida su imperio luego de la Segunda Guerra Mundial en 1948. Como en el caso de Palestina, es la retirada apresurada e irresponsable del Reino Unido lo que permite que esta situación se desencadenara, ya que, si el Reino Unido hubiera asumido su responsabilidad en la administración del conflicto, tanto en el primer caso, como en el presente, es posible que estos se hubieran logrado canalizar de diferente forma. Con esto no se quiere decir que estos pueblos estaban mejor bajo la dominación colonial británica, sino que, todo lo contrario, es precisamente esta dominación británica en aras de maximizar su poder y riqueza internacional una de las principales causas de la generación de estos conflictos. Posteriormente, su retirada apresurada de estas colonias, sin asumir las consecuencias de la dominación sobre pueblos, etnias, culturas y religiones distintas, lo que permite que el conflicto escale de la forma en que lo ha hecho.

Claro está, la retirada irresponsable del Reino Unido no es la única causa para que el conflicto se encuentre en el estado actual—en lo que refiere al tema del presente análisis—sino que también existen una multiplicidad de causas que deben ser tomadas en cuenta también (1). Entre ellas, la multiplicidad de etnias en el país—donde existen alrededor de 135 etnias reconocidas por el Estado en Myanmar, no siendo los Rohingya una de ellas—; las diferencias religiosas y culturales entre estas etnias, con una mayoría budista y una minoría musulmana; y por supuesto, el reciente pasado de dictadura militar que azotó el país por aproximadamente 50 años; todas estas son causas y factores que hay que tener muy presente a la hora de entender la situación con los Rohingya en Myanmar, así como cualquier tipo de proceso político que suceda en este país. Además de esto, en lo que refiere al conflicto con los Rohingya, la reciente transición a la democracia acaecida en el 2015 (2) no parece, por el momento, haber rendido los frutos esperados, y por lo menos en el caso de los Rohingya, su situación ha empeorado. 

A todo esto, una necesaria aclaración debe ser hecha antes de proseguir. Al inicio de este análisis se refirió al pueblo Rohingya como un pueblo “supuesto”. La razón de esta aseveración es que, como lo establece Jasmine Chia, no existe un consenso sobre si es posible concebir que los rohingya son una etnia con tradiciones y costumbres culturales compartidas, bajo una misma identidad (3). Aunque es posible encontrar referencias a un pueblo musulmán en la provincia de Rakhine en Myanmar desde el siglo IX, lo cierto es que mucho del pueblo musulmán en la zona proviene de Bangladesh y zonas cercanas, de mayoría musulmana, que fueron traídos por los británicos como mano de obra barata en el siglo XX. Esto ha hecho que muchos se posicionen, incluso la misma Chia, en contra de entender que los rohingya son una etnia, con una cultura y una identidad claramente establecidas, y prefieran referirse a esta población como la población musulmana de la provincia de Rakhine en Myanmar. Aunque reconocen que el Estado de Myanmar ha cometido atrocidades contra esta población.

Según esta posición, al darle tanta visibilidad internacional a los rohingya como etnia, se está otrorizando, por parte de los medios internacionales y actores internacionales como las Naciones Unidas (ONU) y Organizaciones Internacionales No-Gubernamentales (OINGs), a la mayoría de la población de este país, que se caracteriza por ser budista. Al otrorizar a esta población, ésta tiende a radicalizarse, haciendo que el conflicto escale y los actos de violencia se profundicen. Por lo tanto, según esta posición, es la comunidad internacional en su incapacidad de entender que los rohingya son un constructo político con determinados fines, junto con su reciente interés por el tema, lo que ha hecho que se empeoren las cosas. Se estaría, entonces, ante otro clásico caso de torpeza internacional, que en vez de ayudar a la solución integral del conflicto, por el contrario, empeora su crisis y la profundiza.

No obstante, esta posición dentro de las personas que estudian a Myanmar, y en específico el conflicto con los Rohingya, parecen no entender dos puntos fundamentales del conflicto. En primer lugar, el interés internacional por la crisis que sufren los Rohingya en Myanmar es muy reciente, sin embargo, las atrocidades cometidas en su contra ya se venían haciendo sistemáticamente desde hace décadas. Un ejemplo bastará para evidenciar lo anterior, y es el hecho de que desde 1982 fueran una población apátrida, por el hecho de que la Ley de Ciudadanía, promulgada en ese mismo año no los reconociera como ciudadanos, ni siquiera como inmigrantes bengalíes, como se les consideraba antes. El interés internacional, momentáneo, sentimental y altamente olvidadizo—así como hipócrita—, puede ser más un factor a favor de la solución al conflicto, que un detonante para su profundización.

En segundo lugar, esta posición que afirma que los rohingya son realmente una construcción política obvia el hecho, de por sí obvio, de que todo pueblo y cultura es una construcción política. Si esta fuera la discusión, entonces se debería empezar por señalar el imperialismo colonial europeo que creo Estados irresponsablemente, aglutinando en su seno varias etnias, solo para que después de la colonia los conflictos estallaran. Myanmar posee más de 135 etnias en su seno, las cuales todas ellas han sido construcciones políticas, y lo siguen siendo, aunque no por eso se les cuestiona su legitimidad y validez. Pero no se puede decir lo mismo para los rohingya. A todas luces, esta posición dentro de la academia parece ser muy complaciente para las posiciones políticas, y militares, de las autoridades del Estado de Myanmar, lo cual debe ser desde ya causa de sospecha.

Si aun así no se desea reconocer la existencia de un pueblo Rohingya, entonces se le debe dejar la palabra a quienes se identifican a sí mismos como Rohingya. Alrededor de 1,100,000 personas se identifican como Rohingya dentro de Myanmar, todos ubicados en la provincia de Rakhine, que limita con Bangladesh, y casi igual cantidad de personas se identifican como Rohingya alrededor del mundo, principalmente en Medio Oriente, India y otros países del Sudeste Asiático (4), regiones y países a los cuales han tenido que huir de la violencia y la persecución.  Todos son musulmanes, residentes en algún momento de la provincia de Rakhine en Myanmar, y en vez de desear su propio Estado, lo que desean es ser reconocidos como ciudadanos de Myanmar con plenos derechos (5). En algún momento de su historia, puede que los rohingya hayan buscado la insurrección contra el Estado de Myanmar, y anexarse a lo que es hoy Bangladesh (6), no obstante, este ya no es el caso. Estos estos rasgos en común, tanto lejos como dentro del país, hacen que esta población comparta una identidad en común, la cual con los recientes actos de violencia se ha fortalecido en vez de resquebrajarse.

 A pesar de lo anterior, sí se comparte aquí una posición que expone Chia (7). Para la solución adecuada del conflicto es necesario tomar en cuenta las posiciones del resto de etnias dentro de Myanmar, y su miedo generalizado ante la religión musulmana. Para poder solucionar integralmente el conflicto a favor de una verdadera paz, y no solo la ausencia de violencia, resulta necesario disipar este miedo generalizado de la mayoría de la población de Myanmar. Lo extraño de este temor es que los musulmanes, tanto dentro del país como en la provincia de Rakhine, son una ínfima minoría: de aproximadamente los 52 millones de personas que componen Myanmar (8), se calcula que los rohingya llegan alrededor de 1 millón a 1 millón cien mil personas, e incluso dentro de la provincia de Rakhine son una minoría. De hecho, la población musulmana apenas llega al 4% de la población según algunos estimados (9).

Entonces, ¿por qué el temor a una religión que, al menos dentro de Myanmar, es sumamente minoritaria? Pues precisamente por el hecho de que ya desde hace muchos años, décadas incluso, los principales medios de comunicación internacionales han “vendido” la imagen de una religión musulmana violenta, agresiva, anti-occidental, anti-modernización, retrograda, y a todas luces bárbara. Esto como parte de la estrategia geopolítica de ciertas potencias internacionales para la consecución de sus intereses, mediante la hegemónica imagen de un choque de civilizaciones. Esta esencialización de la religión musulmana–la cual aglutina a alrededor de 1,752 millones de personas alrededor del mundo—, reduccionista y burda, ha sido la que ha imperado alrededor del mundo, y la principal causa del temor de la mayoría de la población budista de Myanmar. La denuncia de esta “mala praxis” del periodismo, la academia y ciertos círculos políticos occidentales hegemónicos, hecha por Edward Said en los 80s se mantiene vigente, o incluso más imperiosa hoy, que cuando su autor originalmente la hizo (10). Es necesario entender que la violencia no es característica de una sola religión, y que personas, pueblos y actores políticos han sido y son capaces de cometer graves atrocidades en su nombre, como todas las religiones alguna vez lo han hecho. Atribuir la cualidad de violencia bajo el término peyorativo de “yihadismo” a toda una religión de más de 1,752 millones de personas es un esencialismo y un reduccionismo burdo y simplista, que claramente persigue ciertos intereses geopolíticos y económicos.

Un ejemplo de esta pésima forma de informar se puede encontrar en el reportaje de Hugh Fitzgerald sobre los recientes hechos de violencia entre los rohingya y las autoridades de Myanmar para el New English Review. Al respecto, escribe Fitzgerald:

Puede ser que el estereotipo que este monje es acusado de esparcir tiene que ver con describir a los musulmanes como comprometidos con la Yihad en el camino de Allah, sin tener la voluntad e incluso la capacidad de integrarse a una sociedad budista, con una historia, yendo de vuelta a 1942, de violencia contra los budistas, los cuales son el pueblo Rakhine [una de las etnias de Myanmar] del estado de Arakan [actualmente Rakhine], e incluso intentando unirse a Pakistán del Este [hoy Bangladesh], y a través de finales de 1950s, y en los 1970s, y otra vez en los 1990s, llevando a cabo una insurrección de bajo nivel contra el Estado de Burma [otro nombre para Myanmar]—¿todo lo cual es cierto? (11).

El sesgo peyorativo en contra de la religión musulmana por parte de Fitzgerald resulta marcadamente evidente, empleando reduccionismos y simplismos evidentes, como la mención de la Yihad, sin la más mínima comprensión de qué significa la misma en la conducción del día a día de cualquier musulmán, como ser un mejor devoto, una mejor persona, en fin, un mejor ser humano según los estipulados de su fe, sin recurrir a la violencia, a menos de que existiera una previa agresión en su contra. Fitzgerald por el contrario emplea la Yihad como sinónimo de violencia, e incluso va más allá, mencionando que todos los musulmanes son intransigentes e incapaces de adaptarse a otra sociedad que no sea musulmana; en este caso, la budista. No obstante, esto otra vez no es cierto, cuando se observa que miles, incluso millones de musulmanes viven y se han adaptado bien y pacíficamente en sociedades donde son minoría, como en Europa, Estados Unidos, o incluso la misma India. Aunque los deseos de secesión que menciona este autor puedan ser ciertos, lo cual es comprensible, aunque no por ello legitimable, lo cierto es que se evidencia en Fitzgerald la más burda islamofobia a favor de un Estado represor de todo un pueblo, que en este caso resulta ser musulmán. Cabría preguntarse cómo hubiera sido su reportaje si los rohingya no fueran musulmanes, sino profesaran otra fe; lo más probable es que sería muy diferente.

Pero Fitzgerald no es el único en cometer este tipo de actos. Jasminder Singh, en su estudio del Ejército de Salvación de los Rohingya de Arakan (ESRA) para la S. Rajaratnam School of International Studies de Singapur relaciona al ESRA con otros grupos terroristas internacionales como Al Qaeda o el Daesh, y afirma que el ESRA tiene vínculos con ambos grupos, que se pelean por su influencia sobre el primero (12). No obstante, no solo el ESRA ha salido a desmentir tales acusaciones (13), afirmando no tener vínculos con ningún grupo terrorista internacional—aunque esto es difícil de verificar—, sino que también la autora en su análisis ni se preocupa por cuál es el entendimiento del Islam según el ESRA, si se adscribe a algún tipo de pensamiento islamista o salafista, a cuál escuela jurídica dentro del Islam sunita se adscribe el ESRA, o siquiera cuáles son sus principales objetivos políticos, y si estos lo hacen compatible con grupos como Al Qaeda o el Daesh. Pareciera ser que para la autora lo único que importa es que todos estos grupos son sunitas, emplean la acción directa y la violencia para la consecución de sus objetivos, y Al Qaeda y el Daesh han dicho que apoyan al ESRA en sus cometidos, para así poder aglutinarlos como iguales, y prácticamente decir que el ESRA es una sucursal local de alguno de estos grupos.

Sin embargo, la evidencia parece mostrar lo contrario. No sólo este grupo no tiene una sofisticación ideológica basada en el Islam claramente establecida, sino que el nivel de adiestramiento y equipamiento de sus militantes es ínfimo, en claro contraste con Al Qaeda y el Daesh.  Por otro lado, sus objetivos se circunscriben al mejoramiento de la situación que viven los Rohingya en Myanmar, en vez de la intencionalidad de crear un Estado Islámico que aplique la sharia o ley islámica (14). Dadas la similitud de la lucha y la situación en la que viven los pueblos rohingya y palestino, es posible decir que el ESRA se parece más a una versión mucho menos sofisticada y financiada de Hamas. Aun así, es todavía muy poco lo que se sabe del ESRA, liderado por Ataullah Abu Amar Jununi, un rohingya con aparentes lazos en Arabia Saudita, de donde proviene la principal fuente de financiamiento del grupo—antes llamado Harakatul Yakeen—, supuestamente de parte de la diáspora rohingya en el país (15).

 Lo cierto es que el grupo ha estado activo desde hace algún tiempo, cometiendo ataques en contra de estaciones de policía, e incluso bases militares, siendo las más recientes en octubre de 2016, y a finales de agosto de 2017. De hecho, sería luego del 25 de agosto de 2017, en que el grupo atacó a 30 estaciones de policía y una base militar con palos y cuchillos, que desataría la más reciente ola de violencia, una de las más cruentas de los últimos años. Luego de estos ataques, el ejército de Myanmar respondió atacando a poblados de rohingya dentro de la provincia de Rakhine, de la cual los rohingya no pueden salir, a menos de que sea por medio de redes de tráfico de personas, que los expone a situaciones de esclavitud, explotación sexual y extorsión (16). La respuesta del ejército de Myanmar fue desproporcionada, al punto de que se ha encontrado evidencia de matanzas, quemas, violaciones, y en palabras de Antonio Guterres, el secretario general de la ONU, limpieza étnica (17). Los crímenes de lesa humanidad son sumamente serios (18), y la situación no parece dar marcha atrás. A pesar de que el 9 de septiembre el ESRA llamó a un alto al fuego por un mes para que organizaciones en pro de los derechos humanos atendiera a las poblaciones afectadas, tanto musulmanes como budistas, y llamó al ejército de Myanmar a hacer lo mismo, el éxodo de los rohingya huyendo de la violencia no cesa, y actualmente alrededor de 500 mil personas—de un total de un millón-un millón cien mil rohingyas en Myanmar—han huido de la violencia a Bangladesh, donde los campos de refugiados ya no dan abasto, si es que alguna vez lo han hecho (19). Antes del más reciente éxodo de esta población a Bangladesh se estima que en este país habían alrededor de 625 mil rohingyas que a lo largo de los años habían ido huyendo a este país (20).

La situación es sumamente compleja, y no existe una solución fácil. Se debe priorizar el cese a la violencia, y permitir que la población desplazada vuelva a sus hogares, siempre con observación internacional que asegure el respeto a los derechos humanos. Asimismo, a pesar del embargo de armas por parte de Estados Unidos y Europa a Myanmar, se debe asegurar que otros países lo cumplan, como Israel, China, Rusia e India, los principales suplidores de armas a Myanmar, entre otros (21). Se debe buscar la forma de disipar el miedo hacia los musulmanes en la población budista de Myanmar, y lograr el reconocimiento de los rohingya como ciudadanos plenos del Estado de Myanmar. Para esto también debe profundizarse la democracia en el país, estableciendo instituciones confiables y duraderas, que no permitan el surgimiento de un líder o lideresa que monopolice el poder—aunque el hecho de que una figura como Augn San Suu Kyi sea la lideresa de facto del país, por encima del presidente Htin Kyaw es preocupante, aun considerando las particularidades políticas de este país—; y sobre todo, asegurando el mando civil sobre las fuerzas armadas. No es un camino fácil, ni tampoco es una receta única para la solución del conflicto, pero lo cierto es que este puede ser un camino complejo que pueda llevar a la solución integral del conflicto.

Notas

1.    Johanning, J. (2015). Coyuntura Gobal. Crisis humanitaria en el olvido: los rohingyas en el Estado de Myanmar. Boletín N° 46 (marzo-abril 2015). Observatorio de la Política Internacional (OPI). Recuperado de: http://opi.ucr.ac.cr/node/429

2.       Johanning, J. (2015). Análisis semanal 41: Myanmar en transición democrática: las elecciones de 2015. Observatorio de la Política Internacional (OPI). Recuperado de: http://opi.ucr.ac.cr/node/558

3.       Chia, J. (2016). The Truth About Myanmar’s Rohingya Issue. The Diplomat. Recuperado de: https://thediplomat.com/2016/03/the-truth-about-myanmars-rohingya-issue/

4.       Al Jazeera. (2017). Myanmar: Who are the Rohingya? Recuperado de: http://www.aljazeera.com/indepth/features/2017/08/rohingya-muslims-170831065142812.html

5.       Ibid.

6.       Fitzgerald, H. (2017). The Tip of a Huge Iceberg of Misinformation. New English Review. Recuperado de: http://www.newenglishreview.org/blog_direct_link.cfm?blog_id=66591.

7.       Chia, J, op cit.

8.       Banco Mundial. (2017). Myanmar. Recuperado de: https://datos.bancomundial.org/pais/myanmar

9.       Ministerio de Relaciones Exteriores de España. (2016). Myanmar. República de la Unión de Myanmar. Ficha país. Recuperado de: http://www.exteriores.gob.es/Documents/FichasPais/MYANMAR_FICHA%20PAIS.pdf

10.     Said, E. (1997). Covering Islam. How the Media and the Experts Determine How We See the Rest of the World. Revised Edition. New York: Random House Inc.

11.     Fitzgerald, op cit. La traducción es propia. 

12.     Singh, J. (2017). Rohingya Crisis in the Southeast Asia: The Jihadi Dimension. RSISI Commentary, N° 069. Recuperado de:  https://www.rsis.edu.sg/wp-content/uploads/2017/04/CO17069.pdf

13.     Edroos, F. (2017). ARSA: Who are the Arakan Rohingya Salvation Army? Al Jazeera. Recuperado de: http://www.aljazeera.com/news/2017/09/myanmar-arakan-rohingya-salvation-army-170912060700394.html

14.     Ibid.

15.     Ibid.

16.     Johanning, J, op cit (1).

17.  NBC News. (2017). Rohingya Ethnic Cleansing Question Addressed by UN Chief Guterres. Recuperado de:  https://www.nbcnews.com/video/rohingya-ethnic-cleansing-question-addressed-by-un-chief-guterres-1045834307548

18.     Al Jazeera. (2017). Amnesty: Myanmar committed acts against humanity. Recuperado de: http://www.aljazeera.com/news/2017/10/amnesty-myanmar-committed-crimes-humanity-171017190744359.html

19.     Al Jazeera. (2017). ARSA fighters declare truce amid Rohingya crisis. Recuperado de: http://www.aljazeera.com/news/2017/09/arsa-rebels-declare-truce-rohingya-crisis-170909181712623.html

20.     Ibid.

21.   Asrar, S. (2017). Who is selling weapons to Myanmar. Al Jazeera. Recuperado de: http://www.aljazeera.com/indepth/interactive/2017/09/selling-myanmar-military-weapons-170914151902162.html; Brown, J. (2017). As Violence Intensifies, Israel Continues to Arm Myanmar’s Military Junta. Haaretz. Recuperado de: https://www.haaretz.com/opinion/1.810390; Cook, J. (2017). Israel maintains robust arms trade with rogue regimes. Al Jazeera. Recuperado de: http://www.aljazeera.com/news/2017/10/israel-maintains-robust-arms-trade-rogue-regimes-171022100816302.html