Análisis semanal 240: El fracaso de la disciplina (14 de noviembre de 2018)

Año: 
2018
Autor(es): 

 

Llegué a la frontera de Tecún Umán hace dos años, un sábado, como a las diez de la mañana. Llevaba mi mochila bien sujeta a la espalda y el dinero, para llegar hasta Tuxtla Gutiérrez, bien distribuido por las bolsas de mi pantalón. Como vecino de la zona (Quetzaltenango) puedo hacer los trámites para obtener la visa el mismo día del viaje. Lamentablemente, al llegar a la aduana la “cuota” diaria de permisos se había agotado y quedé expuesto al “mercado local” de trámites fantasmas, pasos ilegales por el puente que separa a los dos países o al arriesgado paso que significa bajar por el Río Suchiate y cruzar en uno de los neumáticos que cruzan de un lado a otro cotidianamente.

“Nada es seguro”, me dijo, un chico que me ofreció pasarme por diez dólares en una bicicleta al otro lado del puente. A los pocos minutos, otra persona me ofreció por menos de la mitad del primero, cruzar de manera segura por el río. “El camino es corto y al otro lado ya empieza a caminar”, insistió el joven que miraba hacia el río como buscando un buen neumático para mí. Un señor mayor se acercó y me dijo, mire, los permisos se acabaron, pero yo tengo varios cerca de aquí. “Acompáñeme” y arreglamos el precio de su pase. Nos miramos y yo seguí mi camino.

Luego de recorrer varias veces las oficinas del puesto de migración, caminar por las callecitas de pueblito y tratar de ubicar algún lugar para comer, descansar y pensar sobre el futuro de mi viaje, decidí suspenderlo. La señora del comedor me dio varios detalles y me dijo “¡vaya que no aceptó ninguna de esas cosas!”, me gritaba desde el mostrador. Me djo que toda esa frontera está hecha para sufrir. Una parte del río la controlan las maras y las áreas adyacentes al río y a la aduana son territorio de policías, militares y coyotes. La vida allí, me dijo la señora, no vale nada. Mejor regrese a Xela.

 La gente que se anima a cruzar de esas y otras formas sabe que su vida se vuelve precaria conforme avanza sin ningún documento que le permita exigir un conjunto mínimo de derechos. Pasar sin documentos en regla es quedar expuesto a la soberanía del crimen organizado (coyotes o maras) o a la gobernabilidad de las policías que tienen ordenes de no dejar pasar a nadie. Las normas del derecho dejan de tener la fuerza para proteger o ser invocadas y queda uno sujeto a la arbitrariedad de la violencia.

Hace pocos días la prensa internacional enviaba este mensaje: “la caravana se acerca a la frontera de Tecún Umán” y el solo hecho de pensar en los niveles de violencia a los que se exponen estas personas a lo largo del viaje me estremeció. La frontera sur de Mëxico con Guatemala se ha convertido en un bastión importantísimo para la política de cero tolerancia a la migración. Fronteras como la de Tcún Umán, el Carmen y otras son el sinónimo más evidente de la disciplina del poder sobre los cuerpos que se arriesgan a continuar un viaje que les reduce su humanidad.

La caravana (o mejor dicho, las caravanas), no son otra cosa que la mejor expresión del fracaso de esa disciplina impuesta por Estados Unidos. El Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) es la zona donde la política exterior americana ha querido disciplinar a los gobiernos y a su ciudadanía, pero todo ha sido insuficiente. La disciplina impuesta por la medidas de corte neoliberal no han causado el efecto que se esperaba, las inversiones millonarias en materia de lucha contra el crimen organizado no han logrado los resultados esperados (Iniciativa Mérida) y los enormes flujos en materia de lucha contra la corrupción (Alianza para la Prosperidad) tampoco han podido reducir o controlar este fenómeno. La actual disputa por la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), son una prueba más que la disciplina geopolítica de la potencia ha sido insuficiente.

Los enormes grupos de personas que cruzan las fronteras y viajan hacia el norte, exponen a miles de cuerpos a la mortalidad, los convierte en seres vulnerables a lo largo de todo el viaje, seres a la intemperie, sujetos a las reglas de la disciplina de la tolerancia cero. En este contexto, la violencia sin la menor duda es el mecanismo que busca “poner orden”, disciplinar a los cuerpos que huyen del fracaso de la política. La caravana es un mecanismo que busca, en medio de la violencia, reducir los efectos de la acción de esos otros que ejercen la soberanía de la arbitrariedad. Estos grupos de personas representan la única forma de lucha y resistencia frente al ejercicio de la discipina soberana de la tolerancia cero.

Al cruzar las fronteras de esta forma, estos grupos quedan a merced de reglas propias (la soberanía de la tolerancia cero) y genera una una vulnerabilidad corporal "colectiva" que, si se sigue a Judith Butller (“Vida prearia”) podría sentar las bases de un humanismo que acompañe y cruce la frontera con esos grupos. Pero, como dijo el joven que me ofreció el viaje al otro lado de la frontera en bicicleta, “nada es seguro”. Por lo pronto, presenciamos el fracaso de los mecanismos disciplinarios que intentaron poner orden a los países de la Centroamérica posconflicto hace casi treinta años.