Análisis semanal 106: Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos (30 de enero de 2017)

Año: 
2017

 

La cuestión sobre el liderazgo en América Latina ha sido un debate constante e interminable para la región. Parte de las dificultades que han enfrentado los diversos proyectos integracionistas en el subcontinente ha sido la ausencia de una voz y un liderazgo claro y sostenido que logre encaminar a la región en su conjunto hacia un objetivo común. No se debe perder de vista que la región convive en el mismo espacio que la única superpotencia global, lo cual no es un hecho menor. La influencia (e injerencia) estadounidense sobre los destinos de los países latinoamericanos ha sido patente desde los albores de Estados Unidos. Lo anterior hace evidente que un liderazgo latinoamericano necesariamente pasa por su posicionamiento político respecto al vecino del Norte. En este contexto, dos son los Estados que históricamente han sido llamados a liderar América Latina: México y Brasil. La problematización del liderazgo mexicano, así como sus perspectivas en 2017 frente al fenómeno Trump, ocupan estas líneas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, así como en años recientes, la política exterior mexicana tuvo un componente latinoamericanista importante. La relación diferenciada con Cuba, y contraria al dictado estadounidense, la abierta oposición a la política de Reagan, el rol en los procesos de paz de Centroamérica, así como el impulso del mecanismo de Tuxtla o el acercamiento con MERCOSUR, son todas muestras del importante papel de América Latina en la política exterior mexicana (1). Sin embargo, a pesar de los vínculos culturales e históricos de México con el resto de Latinoamérica, la geografía ha determinado intensas relaciones económicas y comerciales entre este país y los Estados Unidos, las cuales han sido centrales en la dinámica bilateral y, hasta cierto punto, han menoscabado los vínculos de México con el Sur.  

Dos indicadores que evidencian esta afirmación corresponden a los flujos de inversión extranjera directa recibidos de EE.UU., y a la importancia de este país como destino de las exportaciones mexicanas. Mientras que las exportaciones hacia EE.UU. han mantenido un ritmo estable con un promedio anual del 83% del total de lo exportado para el periodo 2000-2015, el vecino del Norte ha sido la fuente del 47% de la inversión recibida para el mismo período. Volteando la mirada hacia el Sur, el panorama es diametralmente opuesto: América Latina no se constituye en un destino relevante para las exportaciones mexicanas, al tiempo que no es fuente notable de inversión extranjera. Para 2015 ambos indicadores representaron apenas el 5,6% del total (gráfico 1). 

Gráfico 1. Importancia relativa de América Latina y EE.UU. en la inversión extranjera directaa/ y las exportacionesb/ de México. 2000-2015

a/ ALC incluye Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela, Cuba, Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá

b/ ALC incluye Argentina, Panamá, Chile, Colombia, Uruguay, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, Guatemala y Ecuador

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Secretaría de Economía de México.

Frente a esta panorámica de dependencia económica, se entiende entonces la precaución con que México debe analizar sus movidas frente a la nueva administración. Sin embargo, quizá no sea este el mejor contexto para llevar a cabo una política exterior efectiva. La desastrosa visita de Donald Trump a México en plena campaña presidencial fue vista como un craso error diplomático, y estuvo organizada por Luis Videgaray, entonces secretario de Hacienda, quien dimitió cuando se conoció de su participación (2). Sin embargo, el presidente Peña Nieto, tan solo cuatro meses después, y a menos de un mes que el presidente Trump asumiera funciones, decidió nombrarlo como secretario de Relaciones Exteriores, el cual a pocos días de iniciada su gestión, le manifestó al cuerpo diplomático mexicano que él ‘venía a aprender de ellos’ (3).

A pesar de que la coyuntura interna mexicana no parece darle el ‘aire’ necesario al mandatario para abocarse a su política exterior, es probable que afrontar los desafíos y amenazas de la administración Trump absorban los restantes dos años de Peña Nieto en el poder. Sin embargo, antes que abordar de manera reactiva cada declaración de Trump, México debe entender que tiene en sus manos la posibilidad de reconfigurar no solo su relación con Estados Unidos, sino también con América Latina. El polémico muro con el que Trump ha insistido podría jugar como elemento unificador para América Latina, lo que no solo le permitiría a México fortalecerse frente a EE.UU., sino también a avanzar en la construcción de un liderazgo regional fuerte. Como lo expresara el secretario general de la OEA, ‘el muro no es entre México y Estados Unidos, sino entre este país y América Latina’ (4). A pesar de la escasa legitimidad de la organización hemisférica, los planteamientos de México podrían encontrar eco en este foro.

Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si entre la crisis de legitimidad del Gobierno y la cercanía del proceso electoral presidencial, la administración mexicana encuentre el capital político necesario para enfrentar con éxito los interminables retos que la administración Trump le plantea. Sin embargo, es claro que la coyuntura ofrece una oportunidad inesperada, más no indeseada, para que México asuma el complejo pero necesario rol de líder para y de América Latina.