Análisis semanal 105: Celos democráticos selectivos en Gambia (25 de enero de 2017)

Año: 
2017

 

La democracia en África Subsahariana se abre paso de manera lenta frente a los grandes intereses políticos y el uso selectivo de la diplomacia para promover el respeto a la voluntad popular. El caso de Gambia es un buen ejemplo de lo limitado que parece todavía el compromiso de las instituciones africanas con la democracia.

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Veintidós años en el poder pueden parecer mucho para los estándares occidentales, pero el largo mandato de Yahya Jammeh como presidente de Gambia no resulta inusual en el contexto de la política africana. Ocho presidentes africanos han ostentado el poder por períodos más largos. Por ejemplo, Teodoro Obiang, ha gobernado Guinea Ecuatorial en los últimos 38 años, mientras que Eduardo Do Santos ha dirigido los destinos de Angola por un período similar.

Gambia es un país pequeño, con pocos recursos y con una singular geografía. Es apenas una minúscula faja de terreno alrededor del Río Gambia, incrustada en el territorio de Senegal.

Está ex colonia británica, que ha vivido de la exportación de cacahuate y el turismo, llevó a cabo unas elecciones presidenciales a inicios de diciembre, en las que fue electo el opositor Aldama Barrow. Al principio, el presidente Jammeh aceptó los resultados e incluso felicitó a Barrow, pero el 9 de diciembre cambió de parecer y desconoció las elecciones. La reacción de la comunidad internacional, y en especial de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), integrada por 15 Estados de la región y la Unión Africana, no se hizo esperar.  En un inédito ejercicio diplomático, estas entidades empezaron a presionar a Jammeh para que aceptara el resultado y se apartara pacíficamente del poder. Primero, una visita de la presidenta de Liberia y premio Nobel de la paz, Ellen-Johson Sirleaf, después el presidente de Nigeria Mahamadu Buhari, que además le ofreció asilo político a Jammeh. Sin embargo, este se empecinó, y acusó a sus vecinos de “violar la soberanía de Gambia”.

Ante la intransigencia de Jammeh, la CEDEAO amenazó con una intervención militar y la Unión Africana puso como plazo el 19 de enero para que abandonara el país. La falta de apoyos políticos internos, las presiones foráneas, a las que se sumaron incluso las de amigos personales de Jammeh, como el presidente mauritano Abdel Aziz o el de Guinea Alpha Condé, y la inminencia de la intervención militar encabezada por Camerún (que contaba con el aval del Consejo de Seguridad de la ONU), precipitaron la salida del país de Jammeh, no sin antes negociar algunas garantías personales.

La forma en que han reaccionado organizaciones africanas como la CEDEAO y la UA en defensa de la democracia en Gambia es inédita. En apariencia, muestra un compromiso sólido con el respeto al Estado de derecho y la voluntad popular. Sin embargo, esto no implica que en el futuro entidades como estás muestren el mismo celo democrático que han expuesto en el caso de Gambia, un país pequeño y con pocos recursos. Algunos de los más entusiastas de la salida de Jammeh, como el presidente Paul Biya de Camerún, no se han distinguido a lo largo de su historial político por su compromiso con la democracia. Cabe pensar más bien que la determinación de acciones en defensa de la democracia en África tendrá en el futuro un carácter “selectivo”; dependerá de cada caso en particular, y concretamente de las relaciones de poder que estén definidas.

Para muestra, un botón: el presidente de la República Democrática del Congo (RDC) Joseph Kabila ha hecho uso de un irrestricto autoritarismo para perpetuarse en el poder. A pesar de que su mandato presidencial terminó en diciembre, Kabila se ha aferrado a la presidencia atropellando las leyes e instituciones del país. En este caso no ha habido una “presión” diplomática contundente de la comunidad internacional, ni amenazas de intervención militar por parte de los vecinos. Las razones son obvias. La RDC es un país grande, con muchos recursos, y cuyo Presidente mantiene todavía un círculo poderoso de aliados en la región. Se trata entonces de una cuestión de Realpolitik, que hace de la democracia y su defensa en África Subsahariana una cuestión contingente.